La cultura Guaraní, un legado que se resiste a desaparecer
Cada vez que recorro la carretera que une al Chaco con Santa Cruz de la Sierra siento que no solamente viajo por una carretera. Tengo la sensación de estar atravesando siglos de historia. Los nombres de las comunidades me lo recuerdan una y otra vez: Karaguatarenda, Ipati, Ibipoti, Charagua, Isipotindi, Macharetí y t
antas otras poblaciones que conservan con orgullo la lengua de sus ancestros. Son nombres que sobreviven al paso del tiempo y que nos dicen, sin pronunciar una sola palabra, que el pueblo guaraní sigue aquí, eso me emociona profundamente.
Pienso que la cultura Guaraní es una cultura que se resiste, porque está sostenida por la memoria de sus mayores, por el amor de los padres que todavía enseñan a sus hijos su lengua, sus costumbres y el respeto por la naturaleza. Resiste porque cada generación entiende que perder sus raíces sería perder una parte de sí misma.

Es el sonido inconfundible de la flauta de pico, el retumbar profundo de los tambores y el poderoso llamado del turú, esa larga trompeta de tacuara que parece despertar el espíritu de toda una nación.
Tuve la oportunidad de tocar un tambor junto a ellos y disfrutar de cada nota musical que lleva siglos de historia. Tuve la oportunidad de bailar con ellos, y estoy seguro, muy seguro que en cada danza se siente algo que los libros y la literatura no pueden explicar, es un sentimiento único de mística y embrujo.
Confieso que siento un profundo cariño por la cultura guaraní. Cada vez que converso con un comunario, cada vez que escucho una historia contada por un abuelo o veo a un niño aprender las costumbres de sus mayores, siento una enorme esperanza. Me hace pensar que todavía estamos a tiempo de conservar aquello que realmente nos hace diferentes como pueblo.
No podemos permitir que esta riqueza cultural desaparezca. Sería como arrancar páginas enteras de nuestra propia historia.
Los guaraníes no son solamente parte del pasado.
Son parte de nuestro presente y, si sabemos cuidarlos, también serán parte de nuestro futuro.
Como chaqueño, siento que proteger la cultura guaraní es también una responsabilidad personal. Porque ellos han cuidado durante siglos este territorio que hoy compartimos. Porque nos enseñaron que la comunidad vale más que el individualismo, que la naturaleza merece respeto y que la identidad no tiene precio.
Porque mientras exista un tambor que vuelva a sonar durante el Arete Guazú, mientras una flauta de pico acompañe el baile del Pin Pin y mientras el turú vuelva a anunciar que la fiesta de la vida continúa, la cultura guaraní seguirá recordándonos que hay pueblos que jamás se rinden.
Y yo espero, con todo el corazón, que nunca dejemos de aprender de ellos. Porque cuidar la cultura guaraní no es hacerle un favor a un pueblo indígena; es preservar una parte irremplazable del alma de Bolivia y del corazón mismo del Gran Chaco.
