La infancia que Bolivia no ve.
La infancia debería ser el lugar más bonito de la vida. Debería estar llena de juegos, de escuela, de amigos, de cuadernos nuevos, de preguntas, de sueños y de esa maravillosa libertad que tienen los niños para imaginar que el mundo entero les pertenece. Pero en nuestro Chaco hay niños que están creciendo demasiado rápido. Niños Weenhayek que conocen desde muy pequeños las dificultades de la vida. Niños que no siempre tienen cerca una escuela, un médico, medicamentos o las mismas oportunidades que otros niños tienen simplemente por haber nacido en otro lugar. Y cuando pienso especialmente en las niñas, el dolor se vuelve todavía más profundo, porque una niña debería estar preocupada por aprender a leer, por jugar, por hacer dibujos, por descubrir qué quiere ser cuando sea grande. Debería poder mirar el cielo y pensar que puede ser maestra, enfermera, profesional, artista o cualquier cosa que su imaginación le permita.
Pero ¿qué pasa cuando esa niña crece en un lugar donde llegar a la educación es difícil, donde acceder a la salud también es difícil y donde las instituciones que deberían protegerla muchas veces están demasiado lejos? Yo creo que ahí no solamente estamos hablando de pobreza, estamos hablando de oportunidades que nunca llegaron, estamos hablando de sueños que quizá ni siquiera tuvieron la oportunidad de nacer. y eso duele, duele porque detrás de cada niño hay una historia, hay una madre, hay un padre, hay una familia, hay una cultura, hay una lengua, hay una memoria que viene de generaciones y que merece seguir existiendo.
Los Weenhayek no son una fotografía exótica del Chaco, no son una postal para mostrar durante una celebración, son un pueblo vivo, con una historia profunda, y sus niños tienen exactamente el mismo derecho que cualquier otro niño boliviano a crecer con dignidad.
Yo creo que necesitamos llegar hasta ellos, no solamente con discursos, fotografías o promesas, necesitamos llegar con educación, con salud, con protección, con profesionales, con caminos, con oportunidades y, sobre todo, con respeto, porque acercarse a una comunidad indígena no significa llevarles nuestra forma de vivir, significa escucharlos, significa preguntar qué necesitan, significa entender su cultura.
Yo no quiero que algún día miremos hacia atrás y descubramos que estuvimos demasiado ocupados discutiendo nuestras pequeñas cosas mientras, a pocos kilómetros de nosotros, había niños esperando una oportunidad.
Porque cuando una niña Weenhayek puede estudiar, cuando un niño puede recibir atención médica, cuando una familia puede vivir con dignidad, no estamos haciendo un favor, estamos haciendo justicia y quizá ese sea el verdadero desafío para nuestro Chaco: que ningún niño tenga que esperar toda su infancia para que alguien finalmente llegue.
