La belleza de la vida, Dios la muestra en agosto
Mis Notas

La belleza de la vida, Dios la muestra en agosto

Jul 5, 2026

Hay personas que esperan la llegada de la lluvia. Otras cuentan los días para que llegue el verano. Yo, en cambio, espero el invierno chaqueño. Lo espero con la misma ilusión con la que un niño espera una fecha especial. Porque sé que cuando llegan julio, agosto y septiembre, la naturaleza decide regalarnos uno de los espectáculos más hermosos que mis ojos han tenido el privilegio de contemplar.

Dicen que los árboles florecen para reproducirse. Yo prefiero pensar que florecen porque Dios quiere recordarnos que la belleza natural existe.

Cada invierno descubro que el Gran Chaco tiene una forma muy particular de enamorar a quienes aprendimos a caminar bajo su cielo inmenso. Mientras en otros lugares el invierno viste de tristeza los paisajes, en mi tierra ocurre exactamente lo contrario. Aquí el frío no apaga la vida; la despierta con su mayor hermosura.

Y entonces aparecen ellos.

Los lapachos.

Majestuosos. Silenciosos. Elegantes.

Como si hubieran esperado pacientemente todo un año para sorprendernos otra vez.

Hay un momento en que las hojas desaparecen por completo y uno podría pensar que el árbol ha quedado desnudo, vencido por el tiempo. Pero de pronto, casi sin avisar, explota en miles de flores que desafían cualquier lógica. Es como si la vida quisiera demostrar que la verdadera belleza muchas veces nace cuando creemos que todo ha terminado.

Siempre he sentido una debilidad especial por el lapacho de flor rosada. Tal vez porque ha sido el compañero silencioso de tantas calles de mi querida Yacuiba. Es imposible caminar sin detenerse a contemplarlo. Tiene esa rara capacidad de obligarnos a levantar la vista, aunque llevemos el corazón lleno de preocupaciones.

Conozco a personas que les encanta el lapacho amarillo intenso, ese que parece competir con el mismo sol, otros prefieren la delicadeza del rosado, y están aquellos que esperan con paciencia la aparición del más esquivo de todos: el lapacho blanco.

Qué difícil es explicar la emoción que produce verlo florecer.

Su belleza es tan extraordinaria como breve.

Apenas aparece, sentimos la necesidad de detenernos a contemplarlo porque sabemos que el tiempo corre en su contra. En pocos días las flores comienzan a desprenderse y el suelo se convierte en un delicado manto blanco, como si el árbol hubiera decidido despedirse dejando un último regalo para nuestros ojos.

Siempre que veo caer esas flores siento una extraña nostalgia.

Me recuerdan que la vida también está hecha de momentos que duran muy poco.

Me recuerdan mi propia juventud.

Esa etapa que alguna vez creí infinita y que un día, sin pedir permiso, comenzó a alejarse lentamente. Hoy la miro con el mismo cariño con que observo un lapacho blanco: agradecido por haberla vivido y consciente de que precisamente su fugacidad fue la que la hizo tan hermosa.

Quizá por eso los lapachos me enseñan tanto.

Me enseñan que la belleza no necesita ser eterna para ser inolvidable.

Que las cosas más valiosas muchas veces duran apenas un momento.

Que a pesar de las dificultades y el mal clima se puede florecer.

Y que siempre vale la pena esperar.

No puedo imaginar el Chaco sin sus inviernos floridos. No puedo imaginar mi calle Ballivián sin sus lapachos floridos

Sería como intentar imaginar una serenata sin guitarra, un amanecer sin pájaros o una infancia sin recuerdos.

Los lapachos forman parte de nuestra identidad.

Creo que los chaqueños llevamos un poco de lapacho en el alma. Resistimos las sequías, soportamos los días difíciles y, aun así, cuando llega el momento indicado, encontramos la fuerza para volver a florecer.

Cada agosto me recuerda que la vida siempre guarda una nueva primavera, incluso después de los inviernos más largos.

Por eso nunca dejo de levantar la mirada cuando encuentro un lapacho cubierto de flores. Porque durante unos minutos el tiempo parece detenerse. Porque el ruido desaparece. Porque el corazón encuentra una paz difícil de explicar.

Y entonces comprendo que la felicidad, muchas veces, no está en los grandes acontecimientos de la vida.

Está ahí.

En una calle cualquiera de Yacuiba.

En un árbol que florece sin esperar aplausos.

En un invierno que a pesar de encontrarnos con problemas, podemos rehacernos, reinventarnos, reconstruirnos, y volver a florecer como lo hace un Lapacho. .

 

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