31 de julio, Día internacional de los Guardas Forestales.
Hay trabajos como el de los políticos que esperan aplausos todos los días y otros trabajos que pasan desapercibidos, aunque de ellos dependa el futuro del planeta. Hoy 31 de julio, Día Mundial de los Guardas Forestales, quiero detenerme a pensar en esos hombres y mujeres que eligieron una de las vocaciones más silenciosas y al mismo tiempo, más extraordinarias que existen.
Yo siempre he creído que para ser guarda forestal no basta con estudiar una profesión. Hace falta algo mucho más profundo, Hace falta amar la vida en todas sus formas, hace falta sentir dolor cuando cae un árbol, alegría cuando un animal regresa a su hábitat y esperanza cada vez que una semilla consigue abrirse paso entre la tierra.
Su trabajo rara vez aparece en las portadas. No reciben ovaciones. No conocen el brillo de los reflectores. Mientras nosotros vivimos inmersos en el ruido de las ciudades, ellos recorren senderos donde solo se escucha el murmullo del viento, el canto de las aves y el latido permanente de la naturaleza.
Muchas veces pienso que los únicos que realmente conocen el gran trabajo que realiza un guarda forestal son; la Flora y la Fauna, lo saben los árboles centenarios que aún estan de pie, lo saben los jaguares, los tapires, los cóndores, los monos y cada criatura que continúa habitando un bosque porque alguien decidió defenderlo antes que abandonarlo. La flora y la fauna son los verdaderos testigos de una labor que casi nunca verá la mayoría de la sociedad.
Estoy convencido de que esta vocación no nace únicamente del ser humano. Creo que Dios la deposita en el corazón de personas especiales. Personas capaces de comprender que el mundo en que vivimos no nos pertenece, sino que nos fue confiado para custodiarlo con humildad, respeto y amor.
Por eso admiro profundamente a los guardas forestales. Porque mientras muchos buscan conquistar el mundo, ellos dedican su existencia a conservarlo.
Y entonces imagino algo.
Imagino el día en que ninguno de nosotros esté aquí.
Los nombres de muchos habrán desaparecido de la memoria de los hombres, los reconocimientos se cubrirán de polvo, losos discursos serán olvidados. Pero si un niño, dentro de cien años, puede abrazar un lapacho, escuchar una charata en libertad o contemplar un bosque bajo la lluvia, será porque alguna vez existió un guarda forestal que eligió quedarse donde otros se marcharon.
Quiero hacer llegar mi más profundo y sincero saludo a todos los guardas forestales del mundo. De manera muy especial, a aquellos con quienes tuve el inmenso privilegio de conocer y el honor de trabajar. Gracias por dedicar su vida a proteger la creación de Dios y por recordarnos, con su ejemplo, que todavía existen personas capaces de amar la naturaleza por encima de cualquier reconocimiento.
