A los Diablos en su día
Hay recuerdos que no necesitan fotografías para mantenerse vivos. Basta cerrar los ojos para volver a escucharlos, sentirlos y revivirlos como si hubieran ocurrido ayer.
Desde que nací, recuerdo haber visto a mi padre vivir una pasión que nunca entendí del todo cuando era niño, pero que con los años aprendí a admirar profundamente. Cada domingo tenía un destino fijo: acompañar con el corazón al club de sus amores, al Club Deportivo Independiente de Yacuiba, los queridos Diablos Rojos.
Cada 16 de agosto no solo se celebra un aniversario. Se celebra una historia. Se festejan décadas de alegrías, sacrificios, campeonatos, derrotas que enseñaron y victorias que hicieron llorar de felicidad a generaciones enteras de yacuibeños.
Podría intentar escribir algunos nombres de jugadores que hicieron grande esta institución, pero sería una injusticia. Siempre quedaría alguno fuera y ninguno merece el olvido. Prefiero pensar que cada hombre que alguna vez vistió la camiseta roja forma parte de una misma familia. Todos, sin excepción, dejaron un pedazo de su juventud, de su esfuerzo y de su alma defendiendo esos colores que despertaron una pasión inmensa durante tantas décadas. Nunca fue fácil vestir la casaca roja, no era un regalo ni una casualidad, era un privilegio reservado para quienes habían demostrado que podían cargar sobre los hombros la historia del club más tradicional de mi pueblo. Quien tuvo el honor de ponerse esa camiseta sabe perfectamente que no solo representaba a un equipo; representaba el orgullo de toda una ciudad.
Hay una imagen que jamás desaparecerá de mi memoria. Durante muchos años el plantel se reunía en nuestra casa. Aquel patio grande, con una sencilla cabaña al fondo, era mucho más que un lugar de encuentro. Era un pequeño templo del fútbol. Cada mediodía se repetía exactamente el mismo ritual, llegaban los jugadores entre bromas y saludos. Comenzaban a vendarse los tobillos, aparecía el olor inconfundible de la fricción deportiva, se repartían cuidadosamente las camisetas, alguien daba unas palabras de aliento y, cuando todo estaba listo, emprendían juntos la caminata hacia la cancha. Yo los veía partir con una mezcla de admiración e ilusión. Después solo quedaba esperar, la mayoría de las veces el regreso era una verdadera fiesta. Desde lejos se escuchaban las risas, las bromas y las anécdotas del partido, la casa volvía a llenarse de alegría porque Independiente había ganado, y esa felicidad parecía contagiar hasta las paredes. Pero también hubo domingos distinto, cuando el equipo regresaba derrotado, el silencio ocupaba cada rincón de la casa. No hacía falta preguntar el resultado. Bastaba ver los rostros, no volaba una mosca, aquella tristeza hablaba por todos, porque perder no era solamente perder un partido; era sentir que una parte del corazón había quedado tendida sobre la cancha. Así de grande era el amor por Independiente. Con el paso del tiempo comprendí que los clubes no están hechos únicamente de trofeos, están construidos por personas. Por dirigentes que entregaron su tiempo sin esperar nada a cambio. Por utileros, hinchas, familias enteras y futbolistas que dejaron los mejores años de sus vidas defendiendo un escudo.
Muchos de aquellos viejos Diablos Rojos ya emprendieron el viaje del que nadie regresa.
Me gusta imaginar que son los únicos diablos que tienen entrada en el cielo.
Allá arriba seguramente siguen hablando de fútbol, recordando campeonatos, discutiendo un penal, celebrando un gol o esperando que llegue otro domingo para volver a vestir, aunque sea en los recuerdos, aquella camiseta roja que tanto amaron. Muchos otros todavía siguen entre nosotros. Caminan por las calles de Yacuiba con el mismo orgullo de haber pertenecido a esta historia. Quizás el cabello se volvió blanco y las piernas ya no respondan como antes, pero el corazón sigue latiendo con la misma intensidad de aquellos años. Porque hay pasiones que el tiempo nunca consigue jubilar.
Estoy convencido de que mientras exista un solo Diablo Rojo caminando sobre esta tierra, mientras haya alguien que recuerde aquellos domingos, mientras un niño escuche las historias de sus padres o de sus abuelos hablando de Independiente, este club seguirá vivo. El Club Deportivo Independiente de Yacuiba hace mucho dejó de ser solamente un equipo de fútbol. Se convirtió en una parte de la memoria de nuestro pueblo, en un patrimonio sentimental que pertenece a todos los que alguna vez vibramos con una camiseta roja.
Porque algunos heredamos una casa.
Otros heredaron una profesión.
Yo tuve la fortuna de heredar un recuerdo mucho más valioso: el de aprender de mi padre a amar profundamente a Independiente. Y mientras existan corazones capaces de emocionarse al escuchar su nombre, los Diablos Rojos jamás dejarán de jugar el partido más importante de todos: el de permanecer eternamente en la memoria de Yacuiba.
